lunes, 3 de febrero de 2014

5-20 1314 (te quiero en mi vida)

Un año más equivale a uno menos. Este dicho se aplica por completo a mi madre, aunque no con el significado que le solemos atribuir.
Cada año que pasa, cada década, mi asombrosa madre cumple años congelada dentro de una máquina del tiempo, como si los relojes emitiesen insignificantes ritmos que afectan al mundo entero, pero no a ella.
Y, puestos a ello, vamos a crecer un día más mientras ella, a tres millas del medio siglo, continúa siendo la treintañera que en cierto año era.
¿Me acompañáis en este viaje? Seréis los pasajeros de mi cama con alas. Eso sí, iPhones y dispositivos electrónicos varios off, por favor.

Una jornada de mayo se abrió una flor; un clavel, para ser más exactos. Y una mujer madura lo tomó entre sus manos. Su nombre, un misterio. Lo llevó a su casa, en medio de una jungla de flores, robles y lianas.
Al día siguiente, una niña, hija de la señora, vio el clavel, de color crema, con ciertos reflejos rojos, y se lo puso en.la cabeza, tras la oreja izquierda. De repente oyó un ruido, cosa realmente extraña, ya que se hacía impensable la idea de que una niña sorda pudiese percibir sonidos ajenos. Esta se sobresaltó de tal manera que cayó de culo sobre la alfombra verde del comedor. Y el clavel se resbaló de su oreja y quedó ahogado entre sus piernas, inerte.

Mirad, con esta historia no llegaremos a ninguna parte. Os voy a contar otra que tal vez les resulte más familiar.

En el mes de mayo, cuando crecen las flores, se acerca el verano, avanzando la primavera hacia el final de sus días.
La raza humana no comprende que los que tiempo atrás vivían en Júpiter y Venus no están interesados en el paso de las estaciones, ni siquiera en el del tiempo. Pero eso va a cambiar, porque Venus S. Freeze y su madre, Venus F. Sync van a marcar su territorio en la Tierra, lo que dará lugar a una revolución extraterrenígena que pondrá todo patas abajo.

Sin embargo, la historia que os voy a contar en breves momentos no tiene nada que ver con claveles parlantes, alienígenas guapas o extraterrestres gordos. Porque, repito, justamente hoy, estas dos narraciones anteriores no nos van a llevar a ninguna parte.
Si seguís ahí chicos, esta es la historia buena, fuera de toda ficción, y será narrada desde el más profundo fondo de mi alma.
Bien, pues vamos allá.

Hace unos cuantos años nació una niña. Ni que decir tiene que era preciosa, y que este fenómeno ocurrió un 20 de mayo.
Era la menor de cuatro hermanos, mucho mayores que ella.
Su infancia la pasó en el colegio (Patrocinio de San José, por cierto), entre amigos, familia, estudios…
Al finalizar su etapa colegial fue a la universidad para estudiar publicidad, a lo que más tarde dedicaría sudor, lágrimas y muuuuchos presupuestos…
Pero una de las fases de su vida que más me interesa es en la que conoció a alguien, y con él engendró una pequeña ranita. Según ella, la ranita era la cosa más bonita y mona que existía en el mundo mundial. Aunque yo de bebés… No entiendo mucho, no… Bien lo sabe quien me conoce.
El caso es que su hija, nacida un 24 de abril (Tauro como su mami) fue desarrollándose a trozos, muy lentamente.
La madre adoraba a su hija, y siempre la vestía super elegante, como a una muñequita, tan mona.
En cambio, siempre ha habido un grave problema: la hija tiene un carácter tan parecido al del basilisco de Harry Potter que no hay forma de domesticarlo cuando está en modo “bravucón”. Y esto no le suele pasar con mucha gente; solo con quienes realmente la quieren y lo demuestran, y a los que ella adora, pese a que no lo demuestre. ¿Sabéis esa sensación de horrendo pánico, auténtico terror, que recorre el cuerpo, cuando uno sabe que está siendo asquerosamente cruel, pero el orgullo le impide parar? Pues algo peor siento yo cuando me pongo verbalmente bruta, especialmente con mi madre, aun sabiendo que con cada palabra podrida que sale de mi sucia boca la va matando poco a poco… Y ahora, mientras escribo estas líneas siento lágrimas de vergüenza y culpa en mis ojos, y una angustia enorme entre la garganta y el pecho. Ambos sentimientos tienen apariencia de bolas de humo azules y rojas, y deseo que desaparezcan, por mi bienestar y, sobre todo, el de mi madre… ¿Veis? Por eso me da miedo escribir, porque no me manejo bien cuando saco mis sentimientos más oscuros a la luz.
Pero sigamos. ¿Estáis aún ahí? Aprovecho para decir que os quiero. Okay.
Mi madre es un ángel del cielo caído que, sin tener por qué hacerlo, me soporta a mí, además de al resto de personas crueles y malintencionadas que la rodean en su vida.
Pues sí, y cada vez que la veo, fuerte, con una sonrisa, abro la boca y la cago; perdón, la “picio”.
Mamá, quiero pedirte perdón por todo el daño que te he podido causar durante estos largos 18 años, y darte las gracias por cada momento en el que has estado ahí apoyándome, ayudándome, y queriéndome. Siempre.
No quiero perderte.
Felicidades, mamá.
Te quiero.